Missions and world civilizations

Escrito por Missions 24-02-2015 en foto documental Missions. Comentarios (0)

Missions and world civilizations 

Lorna Arroyo &  Miguel Márquez 


Missions, and world civilizations

Markarroy / Lorna Arroyo & Miguel Márquez

EditorialMárquez Mora Miguel

Materia Fotoperiodismo

Encuadernación No definida.

Nº páginas309

Tamaño  29cm x 35cm

ISBN978-84-616-8482-3EAN9788461684823 

Fecha publicación01-02-2014         

Precio aproximado 29.95€ (28.80€ sin IVA)   Libro solidario con destino a los misioneros que dan vida a este trabajo

 

 

Artículos de prensa

Levante



Europa Press

http://www.europapress.es/comunitat-valenciana/noticia-dos-fotografos-valencianos-retratan-retos-logrados-misioneros-mali-india-tailandia-haiti-20141027174529.html

Jot down

http://www.jotdown.es/events/missions-and-world-civilizations-fotografias-de-lorna-arroyo-y-de-miguel-marquez/

El mundo

http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2014/06/28/53ae989fca4741a1408b4576.html

Revista esfinge

http://www.revistaesfinge.com/entrevistas/item/1115-un-viaje-y-un-testimonio-el-reportaje-fotografico-de-otra-realidad

Makma

http://www.makma.net/arroyo-y-marquez-imagenes-conmovedoras/

Valencia News

http://valencianews.es/2014/tendencias/dos-fotografos-valencianos-retratan-situacion-en-paises-subdesarrollados/

La Vanguardia

http://www.lavanguardia.com/local/valencia/20141027/54417608194/fotografos-valencianos-reflejan-la-labor-de-los-misioneros-en-el-tercer-mundo.html

Diario Valencia 

http://www.diariovalencia.eu/__n3009020__Dos_fotografos_valencianos_retratan_los_retos_logrados_por_misioneros_en_Mali__India__Tailandia_y_Haiti.html

ABC

http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=1704813

 

LeCool

http://valencia.lecool.com/inspirations/lorna-arroyo-y-miguel-marquez-el-fotoperiodismo-humanizado/

 

Nou Horta

http://nouhorta.eu/index.php/valencia/item/2498-missions-libro


¿Donde encontrarlo?


http://www.libreriapatagonia.com/libro/MISSIONS-AND-WORLD-CIVILIZATIONS/31736/978-84-616-8482-3


http://www.railowsky.com/fotografia/3959-missions.html


http://www.libreriasoriano.com/resources/image/libro_39707_missions_and_world_civilizations.html


“No puedo más”. Lo decimos constantemente. Porque el trabajo nos desborda
o porque hemos perdido el que teníamos. Porque nos han congelado el sueldo o el
negocio va mal. Porque discutimos con el jefe o nuestro hijo, que cada vez
exige más de lo que ya le podemos comprar. 

Nos quejamos. Permitimos que una bronca, un dolor de espalda o que nos
roben el smartphone nos arruine el
día. Mientras, nuestro tiempo pasa entre el desconsuelo y la incertidumbre que
este impás llamado crisis ha impuesto
en nuestra sociedad del bienestar. Y sin darnos cuenta hacemos de lo que nos
pasa una tragedia cuando nada de lo que nos pasa todavía lo es.


Jameson Rémy es haitiano, tiene ocho años, cuatro
hermanos pequeños, una madre y un padre que los abandonó en 2010, cuando el
peor terremoto de los últimos años redujo a escombros todos los bienes
materiales de la familia. Ahora los seis viven en una pequeña tienda de campaña
y Jameson, como el varón de más edad, sabe que debe asumir los deberes del
padre que se fue. Él estudia, pero también desea que sus tres hermanas y su
hermano puedan ir al colegio. “Sus notas son todo excelentes” -comenta
orgulloso el Padre Felix, responsable de su educación- “es el primero de su
clase”.
Sam también es haitiano, tiene dos años menos que
Jameson y tras el terremoto quedó completamente solo y con heridas físicas
irreversibles. El 12 de enero de 2010 este niño perdió su casa, a toda su
familia, el pie derecho y la pierna izquierda. Cuando llegó al orfanato La Main Divine no hablaba. Tampoco
lloraba. Solo pasaba el tiempo en su rincón preferido del patio, a veces ajeno
y otras muy atento al griterío de los demás niños que jugaban a pillar o a la
pelota. No tenía elección, no podía más que observar o ignorar a los demás
desde su trinchera ya que no era capaz de sostener el peso de su pequeño cuerpo
sobre la herida sin cicatrizar de la pierna derecha amputada a la altura del
talón, ahora su único punto de apoyo. Meses después del seísmo este niño sin
pies ya jugaba a fútbol. “No tenía más remedio si no quería crecer aislado”
-relata su cuidadora, misionera dominicana en Haití- “aquí todos juegan con el
balón porque es el único juguete que hay en el centro”.
Resulta estremecedor ser testigo del comportamiento
de unos niños que, aún siendo tan pequeños, ya se han enfrentado a situaciones
de vida o muerte solos o cargan con la responsabilidad que no ha sido capaz de
sobrellevar un adulto. Son historias de pequeños héroes que se repiten y, sin
embargo, las fotografías nos acostumbraron a verlos con el prisma antagónico:
el de víctimas, como un conjunto de víctimas anónimas que, eso sí, darán a
conocer el nombre del fotógrafo si la imagen muestra el grado justo de horror.

La fotografía se ha aficionado a mostrar lo trágico del otro, sobre todo
en el documental y el fotoperiodismo. Se para a mirar el horror de frente bajo
la bandera del cambio, a través de la denuncia. Pero del otro lado casi siempre
hay gente expuesta, a menudo involuntariamente, al descubierto de un ojo
público que solo mira, y a distancia, un dolor extremo y ajeno. Comprendan,
pues, la responsabilidad que adquiere el fotógrafo cada vez que dispara su
cámara en determinados escenarios.


La fotografía también puede ser intrusiva y desconsiderada cuando se
acerca a la vida de la gente con problemas. Porque la mayoría de las veces
estas personas no quieren ser retratadas sino escuchadas, y ven la cámara como
la herramienta que dará voz a sus historias con el lenguaje universal de la
imagen. Ellas saben que su situación desesperada podría llegar a tenerse en
cuenta si se transforma en imagen y aparece en los medios. Es decir, saben que
podrán llegar a ser consideradas por el simple hecho de haber sido
fotografiadas.


Luego están los muertos, los que ya no pueden opinar si su desdicha es o
no objetivo de una cámara. Los muertos, junto con los moribundos, se han
convertido en el grupo más reclamado por las imágenes cuando se trata de
mostrar la desgracia de lugares remotos azotados por las guerras, los desastres
naturales, las epidemias o la hambruna. Son lugares a los que no se va ni se
pretende ir y, sin embargo, todos conocemos gracias a las imágenes; imágenes
públicas e impúdicas de enfermos sin carne entre la piel y los huesos, de niños
terminales con los ojos muy grandes, de hogares destrozados por las bombas y de
cuerpos manchados de sangre o sepultados bajo los escombros. Imágenes, en
definitiva, que por repetidas hasta la saciedad han dejado de conmover y solo
parecen confirmar que la tragedia ajena es inevitable.


De ahí, de la responsabilidad que tenemos los fotógrafos cada vez que
decidimos el modo de contar una historia surge “Missions”. Un proyecto que, en
esencia, pretende mostrar el trabajo de algunas personas que decidieron dedicar
su vida a “salvar” a otras personas, y lo están consiguiendo. Estas personas
son los misioneros y misioneras de distintas órdenes que trabajan diaria y
silenciosamente en algunos de los lugares más afectados del planeta. Convivimos
con ellos en África (Malí), Asia (Tailandia) y América del Sur (Haití) para dar
testimonio de su discreta pero eficaz tarea. Una tarea que va más allá de
malgastar el tiempo y la energía en defender asuntos meramente religiosos allá
donde los más necesitados requieren una verdadera labor de ayuda social.


Resulta difícil explicar con palabras las sensaciones vividas durante los
cinco años que nos llevó realizar este proyecto. Sin embargo, estamos obligados
a poner nombre a los que, por vocación, hacen de lo imposible lo posible. Ellos
son las Hermanas Isaura Reija y Chelo Jordán, responsables del centro de
formación Baan Marina en Tailandia; el Padre Manolo Gallego, la Hermana Antonia
y la Hermana Menxu, religosas católicas en Malí; y los Padres Victor Pizzolti,
Everardo Arrellano, Félix Santana y Lizanka Tineo, los cuatro ocupados en
paliar el desastre haitiano. Todos ellos son misioneros incansables,
desprovistos de acervos pero cargados de hazañas y conquistas. Su obra y la
gente a la que respaldan protagonizan esta historia.


Hacer determinadas fotos tiene un coste: dejarse trocitos del alma por
ahí repartidos. Pero, como decía la periodista estadounidense Amy Goodman, “el
deber del informador es ir donde está el silencio”. E ir mereció la pena. La
mereció recorrer los abruptos caminos de la selva tailandesa para contar la
historia de las niñas que escapan a las mafias y la prostitución infantil en
Bangkok. La valió sufrir las inclemencias de África para conocer la historia de
los niños de la calle en Bamako. También la mereció resistir al Hospital
General de Puerto Príncipe, lugar macabro de gente agónica y morada de ratas
pese a los millones y millones de dólares donados por las sociedades ricas para
reconstruir Haití tras el terremoto. Nuestra presencia despertó en todos estos
lugares un halo de esperanza e ilusión entre sus habitantes y los que trabajan
diariamente en terreno con y por ellos. La labor muda de los misioneros, por
tanto, podría dar voz al canto de Bob Marley: “Mientras hayan hombres de
primera y segunda categoría, yo seguiré gritando guerra". O dar forma a la
frase de Federico García Lorca: "El más terrible de todos los sentimientos
es el sentimiento de tener la esperanza muerta". Más allá de asignarle
otro comentario nos atreveríamos a decir que ilustra acertadamente la frese de
Martin L. King: "Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré
vivido en vano". 


Salimos a conocer algunos de los lugares más indómitos y relegados del
planeta, a recorrerlos, a vivirlos en primera persona para ofrecer un
testimonio de la situación de sus pueblos y sus gentes. Cinco años después
regresamos con la sensación de haber logrado eso y mucho más. Sin duda una gran
idea llevar a cabo este proyecto que, a título propio, nos cambió para siempre.
Y todo gracias a las personas que aparecen citadas en estas líneas. Sin ellos
nada habría sido igual. Así que una vez más decimos gracias. Gracias y hasta
pronto. Nos encontraremos de nuevo.


Lorna Arroyo & Miguel Márquez